EL OJO REACCIONA A LA LUZ;

Todo objeto percibido se ve gracias a la luz (ya sea emitida por el objeto mismo o reflejada por él). Pero, ¿qué es la luz, esa misteriosa y brillante sustancia que en infinita variedad y color mana del sol, de las bombillas, las velas, las luciérnagas y los fuegos artificiales? Esta pregunta ha inquietado al hombre durante siglos.
Los griegos meditaron acerca de ella, y llegaron a diferentes conclusiones. La escuela pitagórica decidió que todo objeto visible emite una corriente constante de partículas. Por su parte, Aristóteles llegó a la conclusión de que la luz viaja en algo parecido a las ondas.
Aunque tales conceptos fueron objeto de modificaciones graduales, al empezar el hombre a estudiar el fenómeno de la luz con equipo más complejo, unos 20 siglos más tarde, seguía vigente la esencia del debate iniciado por los griegos. Un punto de vista sostenía que la luz es de naturaleza ondulatoria, que es energía que se extiende por el espacio tal y como se extienden las ondas en un estanque. Otra facción argumentaba que la luz tiene que estar formada por partículas volantes, como gotas de agua que salen disparadas de un pulverizador. Había épocas en que prevalecía el primer punto de vista, y otras en que reinaba el segundo. Apenas en la primera mitad del siglo xx logró hallarse una respuesta más o menos completa. Y, cosa rara, resultó que ambas teorías estaban en lo cierto.
Para identificar algo —sólido, líquido, gas o energía pura—, los científicos estudian sus propiedades. Valiéndose de este enfoque, los griegos de la antigüedad descubrieron que la luz se mueve en línea recta. El segundo descubrimiento de importancia en relación con la luz fue hecho por Herón de Alejandría. Experimentando con espejos, observó que todo rayo de luz dirigido en ángulo hacia un espejo, se refleja siguiendo el mismo ángulo. Su observación dio como resultado la siguiente regla: el ángulo de incidencia y el de reflexión son siempre iguales. Aunque muchos pensadores siguieron meditando acerca de la naturaleza de la luz, el progreso fue muy lento hasta los comienzos del siglo XVII.
Durante siglos, la gente venía observando otro hecho, no por obvio menos extraño: una estaca recta sumergida en el agua a determinado ángulo, deja de parecer recta a los ojos del observador. La parte sumergida parece inclinarse en otra dirección. En 1621, Willebrord Snell, matemático holandés, halló por fin la explicación de ese fenómeno. Cuando un rayo sale de un medio transparente y penetra en un medio distinto, suele dividirse en la superficie. Una parte se refleja, según la regla de Herón. La otra parte entra en el nuevo medio. La razón por la que la estaca parece doblarse al entrar en el segundo medio, es que los rayos de luz que llevan su imagen a los ojos se desvían al entrar en contacto con dicho medio.
La luz se mueve en línea recta por el aire; al llegar al agua, cambia de dirección, pero bajo el agua continúa avanzando siempre en línea recta, aunque no la misma que en el aire. Snell intentó medir esta desviación en diversas sustancias translúcidas como aire, vidrio y agua, y encontró que en cada una variaba el grado de desviación de la luz que podía producir. Entonces dio un nombre a esa desviación: refracción. Tardó bastante tiempo para elaborar el principio, pues resultaba terriblemente contradictorio y escurridizo, hasta que hizo otro descubrimiento: el ángulo de incidencia de la luz tenía también algo que ver con el grado de refracción. Así, por ejemplo, sin un rayo de luz entra en el agua verticalmente, no se desvía en lo más mínimo. Pero si entra en ella ligeramente inclinado, se desvía un poco; cuanto mayor sea la inclinación, más grande será el grado de desviación. Posteriormente, los investigadores lograron dar valores numéricos —llamados índices de refracción— al poder de refracción de las distintas sustancias transparentes. Lo que Snell jamás descubrió es la causa de que la luz se desvíe.
Fórmula para la desviación de la luz

Tocó a otro holandés, Christian Huygens, sugerir una respuesta. En 1678 elaboró una fórmula matemática para las observaciones de Snell y la teoría de que el índice de refracción de un material está determinado por la velocidad con que lo traspasa la luz. Consideraba la luz como un fenómeno ondulatorio. Si ello era así, se dijo, entonces cuanto mayor fuera el índice de refracción, más lento sería el paso de la luz por dicho medio: he aquí otro descubrimiento básico cuya veracidad no ha sido desmentida.
Una vez conocido el principio de la refracción, el hombre estuvo en condiciones de comprender y mejorar los instrumentos ópticos, bastante rudimentarios, dque venía utilizando: el telescopio, por ejemplo. El primer telescopio fue inventado hacia 1600, y su creación suele atribuirse a Hans Lippershey, fabricante holandés de lentes. Y aunque Galileo y otros mejoraron dicho instrumento posteriormente, la plena comprensión de los principios que lo gobiernan tuvo que esperar hasta que Snell, Huygens y otros elaboraron la teoría.
Toda lente (o combinación de lentes, como en el telescopio) opera precisamente de acuerdo con el principio que hace parecer torcida la estaca cuando entra inclinada en el agua: la luz se desvía al pasar de un medio a otro. La diferencia estriba en que los instrumentos ópticos suelen contener lentes cuya superficie es curva. Si la lente es convexa (delgada en las orillas y gruesa en medio), los rayos de luz paralelos que llegan a ella a distintos ángulos se desvían para formar un haz de rayos convergentes que se concentran en un solo punto: a esto se debe que sea posible encender fuego valiéndose de un vidrio ustorio. Por el contrario, si el vidrio es cóncavo (orillas gruesas que se curvan en un centro delgado), los rayos se difunden.
Imaginemos un rayo de luz que va de una pequeña bombilla eléctrica a una pantalla pasando por el centro de una lente convexa. En el centro de la lente, los rayos llegan formando un ángulo de 900. De frente, a 900, no hay refracción, y el rayo pasa por la lente siguiendo la línea recta.
Pero la bombilla, claro está, emite rayos que tocan la lente en toda su superficie, no sólo en el centro. Uno de ellos, por ejemplo, llega a corta distancia del centro. Como en este punto la lente empieza a curvarse, alejándose de la bombilla, el rayo llegará ligeramente inclinado. Por lo tanto, el rayo se refracta o desvía. Otros rayos emitidos por la fuente de luz llegan a la lente en distintos puntos de su superficie, y cuanto mayor sea la distancia a que se hallen del centro, más agudo será el ángulo que formen con la superficie de la lente, y mayor el ángulo de refracción. En una lente correctamente diseñada, la curvatura se traza de manera que todos los rayos procedentes de una sola fuente de luz se reúnan (o enfoquen) en un único punto del espacio, al otro lado de la lente.
En la práctica, por supuesto, ninguna fuente de luz es simplemente un punto, sino un objeto dotado de dimensiones físicas. Cada parte de su superficie actuará como los puntos citados en nuestro ejemplo. Así, todos los rayos emitidos por determinado punto de la parte superior de la bombilla deberán converger en un punto único en el espacio, del otro lado. Igualmente, los rayos de otros puntos de la parte inferior de la bombilla tienen que reconstruir su imagen original. El resultado es que la imagen total de la bombilla se crea otra vez en una pantalla.
En la ley de la refracción está presente un extraño capricho, que vale la pena señalar: Ya en el siglo XVII las matemáticas de Huygens demostraron que si la luz va de una sustancia que tiene un alto índice de refracción a otra cuyo grado de refracción sea bajo (vidrio a aire, por ejemplo), y si llega a la superficie interpuesta entre ambas en un ángulo muy oblicuo, la desviación es tal que ni un solo rayo escapa y la reflexión es absoluta. A este fenómeno se le da el nombre de reflexión interna total, y la mejor manera de ilustrarlo es mediante ciertas varillas de fibra de vidrio. Cuando la luz penetra en el extremo de una de tales varillas, no brilla por la pared del tubo, sino que es reflejada hacia el interior. Esta reflexión interna se repite una y otra vez, zigzagueando a lo largo del tubo, hasta que sale por el otro extremo. Si el diseño es adecuado, pueden incluso hacerse tubos que lleven la luz doblando esquinas. La ciencia médica se interesa particularmente en este fenómeno, ya que sirve para iluminar diversas regiones internas del cuerpo humano que antes era imposible explorar.
Un último punto, muy importante, acerca de la refracción: el grado de desviación de la luz dependerá no sólo de la sustancia que atraviese, sino también del color de la luz misma. Si dos rayos, uno rojo y uno azul, se lanzan en ángulos iguales contra un cristal grueso de caras paralelas, el efecto será diferente: el azul se desviará más que el rojo. Pero esto no se supo hasta que Isaac Newton, el físico inglés, descubrió otra propiedad básica de la luz: que la luz blanca contiene colores.
Descubrimiento del espectro
Newton hizo pasar un estrecho rayo de luz por un prisma, en un cuarto oscuro, proyectó en un muro los rayos resultantes y obtuvo ese brillante despliegue de colores que conocemos como espectro: una serie de colores que van del rojo al violeta, pasando por el naranja, el amarillo, el verde, el azul y el añil. Luego hizo pasar los rayos de colores por otro prisma, combinándolos de nueva cuenta, con lo que volvió al rayo original de luz blanca. Así se demostró que la luz blanca es una combinación de todos los colores, y que es posible fraccionarla y unificarla a voluntad. Por último, Newton aisló los colores, uno a uno, y demostró que nada podría hacerse para cambiarlos. La naturaleza básica de la luz no cambiaba al pasar por un cristal.
Para entonces, había madurado el viejo debate iniciado por los griegos sobre si la luz era una onda o una corriente de partículas, convirtiéndose en una verdadera guerra verbal que tenía divididos a los científicos. Newton mismo, aunque no muy seguro, se inclinaba a considerar la luz como una lluvia de partículas despedidas por el objeto luminoso; cada partícula avanzaba en línea recta, hasta que era refractada, absorbida, reflejada o afectada de alguna otra manera. Aunque se tenían pruebas de que la luz podía ser una onda (como el impacto de un guijarro en las aguas de un estanque), parecía más probable que fueran partículas que se movían rápidamente.
La disputa acerca de la naturaleza de la luz
Newton abrigaba serias dudas acerca de su punto de vista, dudas que no compartían sus discípulos. Tan grande era su reputación, que durante los cien años siguientes predominó su teoría corpuscular, a pesar de las airadas protestas de que había una manera de resolver la disputa. ¿Por qué no volver, se decía, a la teoría de Huygens sobre la refracción? Según Huygens, partidario de la teoría ondulatoria, la velocidad de la luz en cualquier sustancia estaba en relación inversa a su índice de refracción, es decir, cuanto más lentamente tuviera que avanzar, mayor sería la desviación. Pero si la luz consistiera en corrientes de partículas, lo contrario sería la verdad. Al entrar en un medio más denso, la luz se vería atraída por las moléculas y aceleraría su marcha. La solución consistía en medir la velocidad de la luz en el aire y luego en el vidrio. Si era más rápida en el primero, sería una onda; si resultaba más rápida en el vidrio, sería una corriente de partículas. Pero la disputa continuó, y transcurrirían 150 años antes de que pudiera medirse la velocidad de la luz con la suficiente exactitud para demostrar que Huygens estaba en lo Cierto. Con los medios entonces disponibles, la luz parecía ir a una velocidad constante, fuera cual fuese el medio en que se moviera.
No todos seguían a Newton. Huygens argüía que si la luz fuera corpuscular, podría comparársele al vuelo de un grupo de flechas. Y si flechas procedentes de direcciones opuestas se cruzaban en determinado punto, necesariamente algunas chocarían; pero cuando dos rayos de luz se cruzaban, no parecían afectarse mutuamente. Conclusión: no había tales corpúsculos.
Por su parte, Newton observó cosas aún más extrañas. Hacia 1665 comenzó a experimentar para hallar la razón de que las burbujas del jabón, formadas por un líquido incoloro, tuvieran los brillantes colores que danzaban en su superficie. Considerando que ello podía deberse a la cercanía de las superficies interior y exterior de la burbuja, puso una lente convexa, muy delgada, sobre un pedazo de vidrio. El resultado lo dejó maravillado. Alrededor del punto central de contacto observó una sucesión de círculos de colores: negro, azul pálido, blanco sólido, naranja, rojo, púrpura oscuro, azul, verde, amarillo brillante, etcétera. No se trataba de un espectro ordinario; los colores se habían mezclado en el mayor desorden, de acuerdo con una lógica que les era propia. Pero eso no fue todo: si iluminaba el vidrio con una luz roja, obtenía círculos rojos alternados con círculos negros; con luz azul, los anillos eran negros y azules. La distancia entre ellos dependía del color: los anillos azules estaban más cercanos uno del otro que los rojos. Estos espectaculares círculos llegaron a conocerse como “los anillos de Newton”, y fueron constante y general motivo de extrañeza hasta 75 años después de su muerte, cuando Thomas Young, partidario de la teoría ondulatoria, dedujo que si la luz se movía como las ondas en el agua, tenía que producirse cierta acción recíproca al juntarse dos ondas. Si iban al mismo ritmo, se combinarían para formar una onda más grande. Si su movimiento era arrítmico, de modo que el seno de una coincidía con la cresta de la otra, dos ondas de igual intensidad se cancelaban mutuamente.
Young hizo un ingenioso experimento para demostrar su hipótesis. Sabía que si se enfocaba hacia una lámina opaca (en la que se
Cuenta la historia de un profesor astrofísico que descubre un código que fue enviado a la tierra desde hace 50 años y puesto en una cápsula de tiempo mediante una actividad escolar realizada en ese entonces. El código es una profecía acerca del fin del mundo y está estrechamente relacionado con su familia ya que su hijo Caleb es el elegido para salvarse de la destrucción. Así pues que al padre soltero y profesor de astrofísica le toca entonces desprenderse de su hijo y no pensar en egoísmo.
El ejercicio para esa película fue:
Punto de Giro - Acontecimiento repentino que cambia el curso de la historia
*Casa de Lucinda
*Muerte de Diana
Elementos conectores - Construyen la historia
Piedra, regalo, carta, hoja de números, profecía Ez: 1, Puerta de la escuela, sol, sonidos, rol personajes, ciencia + religión, cápsula de tiempo hubieran abierto dos rendijas) cualquier fuente de luz de un solo color, la luz que pasaba por la abertura se difundía al reflejarse en la pantalla, según demostró Grimaldi con su experimento de la difracción. Si las dos aberturas estaban lo bastante cercanas, los rayos de luz, resultantes se sobreponían en la pantalla.
.
La fragmentación de los electrones con la luz.
Ya en 1887 se había observado que una placa de cinc limpia, expuesta a la luz ultravioleta, adquiere una carga positiva. Philipp Lenard, físico alemán, explicó en 1900 este efecto. Literalmente, la luz ultravioleta expulsaba electrones de la placa de cinc. Con la pérdida, de estas partículas de carga negativa, el cinc adquiría una carga positiva. Otros investigadores descubrieron muy pronto que el llamado efecto fotoeléctrico era común en los metales. Además, el número de electrones expulsados en un segundo estaba en proporción con la intensidad de la radiación de la luz. (El efecto fotoeléctrico se aprecia hoy más comúnmente en dos de sus aplicaciones: el ojo eléctrico que abre las puertas en algunas negociaciones, y la televisión. La luz que entra en una placa fotoeléctrica sumamente sensible dentro de la cámara de TV, crea una corriente eléctrica proporcionada a la brillantez de los varios componentes de la escena. Esta variable corriente de electrones es reconstituida como un patrón de luz y sombra en la pantalla de la TV).
Pero el fenómeno fotoeléctrico adolecía de un extraño capricho. Si bien los electrones expulsados del metal tenían diverso grado de energía (como
ocurre cuando picamos hielo y los pedacitos arrancados del bloque saltan a distintas velocidades), la energía máxima de los electrones expulsados no la determinaba la intensidad de la luz, como cabría esperar de la teoría ondulatoria.
LUZ ARTIFICIAL

CARACTERÍSTICAS DE LA LUZ NATURAL. La luz natural es la que proviene del sol. La cantidad de luminosidad cambia de acuerdo con el tamaño del espacio por donde ingresa al ambiente, y se regula mediante cortinas o equivalentes. Intensidad. Se puede graduar la intensidad de la luz natural que penetra en un ambiente utilizando persianas, cortinas, estores, etc. Reflexión. La luz, al ingresar, se refleja sobre determinados objetos. Tonalidad. Dependerá de la hora, por las mañanas será blanca y al atardecer rojiza.
CARACTERÍSTICAS DE LA LUZ ARTIFICIAL. La luz artificial es indispensable cuando la natural desaparece. Si en una habitación bien decorada no se han tomado en cuenta los cambios de luz, todo su encanto desaparece cuando la iluminación se torna deficiente. Si se conocen y manejan óptimamente los efectos que produce cada tipo de luz artificial, ésta no representará ningún problema. Luz combustible. Se obtiene del fuego, como las velas, lámparas de petróleo o kerosene, una chimenea, etc. Esta luz es irregular y parpadea mucho, por esto sólo debe utilizarse decorativamente. Iluminación incandescente. Despide luz cálida: foco, vela, halógeno. Iluminación de descarga. Emite luz blanca: fluorescentes.
Luz eléctrica. Probablemente, el uso más antiguo de la luz eléctrica para fotografía data de 1844, en que algunos de los microdaguerrotipos de ejemplares médicos tomados por León Foucault para ilustrar el Cours de Microscopie de Alfred Donné fueron iluminados con una lámpara de arco de carbón.
En junio de 1851 Fox Talbot fotografió con éxito, con la ayuda del destello obtenido de una batería de Leyden, una página de The Times fijada a una rueda giratoria, la cual constituía un anticipo de la fotografía a la luz estroboscópica.
Tres años después Gaubin y Delamarre patentaron en Francia un refractor parabólico de cobre plateado, para la fotografía de retratos, siendo el foco luminoso el compuesto pirotécnico ya mencionado, o bien una lámpara de arco de carbón. Los ojos de la persona retratada, que quedaban expuestos al deslumbramiento, se protegían mediante un pequeño espejo cóncavo, situado delante de los puntos del carbón; este espejo proyectaba la luz contra el reflector; asimismo se colocaba una placa de vidrio azul entre la luz y la persona retratada. Esta patente pasó a ser del dominio público porque no se efectuaron los pagos anuales correspondientes a la misma, lo cual implica que no merecía la pena hacerlos. De hecho, se afirma que el primer retrato con luz eléctrica lo tomó en 5857 el fotógrafo Levitzky, de San Petersburgo (Rusia), con una lámpara de arco alimentada por una batería de Bunsen consistente en no menos de 8oo elementos.
Hacia 1860, Nadar instaló una batería Bunsen de 50 elementos en su estudio de Paris, y hacia 1863 había obtenido buenos resultados en retratos con exposiciones de 60 a 85 segundos, sobre placas de colodión húmedo, y utilizando reflectores blancos para aclarar las sombras. Sus fotografías tomadas con luz eléctrica en las cloacas y catacumbas de Paris causaron sensación en la Exposición Internacional de Londres de 1862.
Adolf Oit, de Viena, perfeccionó el sistema de Nadar utilizando en lugar de placas reflectoras blancas una pequeña lámpara alimentada por 40 elementos de Bunsen y colocada a distancia del retratado, estando dotada la principal de 8o elementos. Se interponían pantallas de vidrio azul entre las luces y la persona a la cual se retrataba. Oit llegó a poder realizar exposiciones de 7 segundos (utilizando colodión húmedo), pero los costos de mantenimiento de la instalación resultaban excesivamente elevados, por lo cual redujo su uso a los días nublados. Oit presentó retratos tomados con luz eléctrica de tamaños hasta 33 40 cm en la primera exposición fotográfica celebrada en Viena en mayo y junio de 1864.
Las grandes casas de impresión fotomecánica, así como varios establecimientos fotográficos corrientes pasaron a utilizar luz eléctrica a fin de aumentar el número de horas posibles de trabajo. Por ejemplo, la Woodbury Permanent Photographing Printing Co. instaló hacia 1870 una potente dinamo para suministrar la necesaria iluminación para la confección de relieves en gelatina. En comparación con los 10 minutos de exposición que se necesitaban utilizando la luz solar, la iluminación eléctrica de 1200 bujías exigía 4 horas para obtener el mismo resultado. La luz de calcio utilizada precedentemente en dicho establecimiento exigía una exposición de duración doble.
El primer estudio del mundo que trabajó exclusivamente con luz eléctrica fue el que inauguró en septiembre de 1877 Henry Van der Weyde en Regent Street, de Londres. Van der Weyde instaló una potente dinamo Siemens movida a gas, que proporcionaba la corriente necesaria para obtener una iluminación con arco de carbón de una potencia de 6ooo bujías en un reflector parabólico de 5,25 m de diámetro provisto de una lente de Fresnel de las utilizadas en los faros. Para proteger la vista de la persona retratada se fijó un espejo cóncavo de 50 cm de diámetro (similar a los de Gaudin y Delamarre) en el centro del reflector; el carbón positivo se proyectaba a través del mismo. Se afirma que las exposiciones eran del orden de 8 a so segundos para los retratos llamados a la sazón de «Promenade» (590 97 mm) y de 2 a 3 segundos para las cartulinas. El Príncipe de Gales (posteriormente, Eduardo VII) inició la moda de hacerse retratar en traje de noche en el estudio de Van der Weyde, y en los años inmediatamente siguientes fueron abriéndose estudios parecidos, con luz eléctrica, en otras capitales europeas, así como otros estudios rivales en la propia ciudad de Londres.
El establecimiento que J. E. Mayall abrió en Bond Street disponía de una potencia de 12 000 bujías.
LUZ DEL DÍA (daylight)
El sol es la fuente de toda luz de día. Aun cuando esté oculto detrás de una nube, emite toda la luz que vemos y con la que sacamos las fotografías o grabamos los videos. La luz directa del sol al mediodía en mitad del verano tiene una intensidad de unas 110000 candelas/metro (o lúmenes / metro cuadrado), esto es igual a 400 lámparas photoflood de 250 watts situadas a 2 m de un sujeto, y casi mil veces la iluminación de luz artificial en una habitación ordinaria.
Pero la intensidad del sol no es constante, sino que varia durante el año, de un mes a otro, y durante el día, de una hora a otra.
La luz del sol varía porque la altura del sol cambia durante el año y desde el principio al final del día. El sol está más alto en el cielo y, por tanto, su luz es más fuerte en junio, y está más bajo, y por tanto su luz es más débil en diciembre. En el transcurso del día la fuerza de la luz varia de la misma manera desde la salida del sol hasta el mediodía, y desde el mediodía hasta la puesta del sol.
Ambos ciclos anual y diario son regulares; marzo y septiembre quedan a igual distancia del máximo de junio, y por eso la luz del sol tiene la misma intensidad en ellos; la luz del sol es tan fuerte a las nueve de la mañana como a las tres de la tarde.
El espectro visible de la luz del sol ininterrumpida se extiende desde las 4000 unidades A (violeta) hasta más de 7200 A (rojo). Todas las radiaciones de colores comprendidas en este intervalo se suman dando la luz blanca.
Pero la luz del sol es un artículo que el fotógrafo rara vez maneja en su estado puro. Las fotografías se hacen, no a la luz del sol, sino a la luz del día, y las dos no son, en absoluto, la misma cosa. En la luz de día, una parte viene siempre del cielo, y parte de los reflejos de las superficies próximas.
Los rayos directos del sol son blancos, viajan en línea recta y todas las líneas rectas proceden directamente del sol. Pero la luz de día suele ser de color más bien que blanca (generalmente más azulada que la luz directa del sol); en una gran parte procede de todas las direcciones, aun desde abajo.
La luz de día es una mezcla variable; parte está formada por luz blanca que llega directamente del sol, y parte por luz que ha cambiado de dirección o color o ambas cosas.
Contraste. El contraste de la luz de día depende de la cantidad de luz de sol directa que haya en la luz. Los contrastes más fuertes se dan cuando el sol brilla sobre un cielo claro y no hay nubes ni superficies reflectoras que iluminen las partes en sombras del sujeto. Cuando hay que hacer las fotografías en estas condiciones, es corriente dar mucha exposición y acortar el tiempo de revelado del negativo (en otras palabras, exponer para las sombras y revelar para las grandes luces).


color de la luz de día. La atmósfera contiene siempre una cierta cantidad de vapor de agua. Las gotitas de agua finamente divididas actúan como un filtro de color que deja pasar los rayos
amarillos, naranjas, rojos e infrarrojos y refleja los azules, violetas y ultravioletas. Por tanto, un observador que mire al sol a través de neblina o niebla, lo verá como un disco rojo anaranjado, pero si se vuelve de espaldas al sol, la misma niebla aparecerá blanco azulada. Las luces de los automóviles vistas a través de la niebla son de color naranja sucio, pero el conductor que está detrás de ellas las ve reflejadas hacia atrás y de un blanco deslumbrador.
Así, el vapor de agua que hay en el aire tiende a colorear la luz del día de naranja y a quitarle los rayos azules. Y cuanto más vapor atraviese, más anaranjada parecerá la luz natural. La luz de la mañana y de la tarde tienden a volverse más rojizas que la luz del pleno día; cuando el sol está bajo, sobre el horizonte, sus rayos atraviesan oblicuamente la capa de vapor y, por tanto, pasan a través de mayor espacio de éste.
Cuando la luz de día se refleja, toma el color del reflector. Como los reflectores son generalmente blancos o casi blancos (nubes, nieve, paredes pintadas, etc.), esto rara vez tiene importancia en la fotografía en blanco y negro. Pero en la fotografía en color hay que manejar con cuidado las superficies reflectoras coloreadas, ya que el cielo azul o la luz reflejada por una masa de hierba, o la pared de ladrillo rojo de una casa, aun estando situados fuera de la fotografía, pueden alterar los valores del color del sujeto.

En las exposiciones en blanco y negro el fotógrafo tiene que preocuparse sólo de las condiciones extremas. Estas se dan generalmente al principio y al final del día, cuando el sol ilumina a través de cantidades relativamente grandes de vapor de agua. Como el vapor de agua detiene la luz azul y violeta, la luz de día a esta hora es más roja de lo usual. En términos de fotografía práctica esto significa exposiciones más largas, particularmente con película o placas ortocromáticas, ya que éstas no son muy sensibles a la luz del extremo rojo del espectro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario